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  • El Vecino del 302!

EL INICIO DE LA HISTORIA DE PERDIDOS EN LA GUERRA

“MI HIJO NO ES DESPEDIDA DE NADIE”


Mi hijo no es despedida de nadie, fue la frase que le escuché a la señora Alicia de Hernández, madre del soldado Luis Octavio Sarasti Hernández, uno de los 77 policías que fueron secuestrados por la guerrilla de las Farc en la toma de la base de Miraflores, en el Guaviare, un 3 de agosto de 1998, hace 21 años. Había terminado mi carrera como comunicador social y periodista en la Universidad Autónoma de Occidente un par de meses atrás, y después de recorrer los tres periódicos de la ciudad con mi hoja de vida buscando trabajo, me llamaron del Espectador Cali para hacer un reemplazo de 15 días.


Cubrí varias ruedas de prensa, noticias económicas del departamento y la ciudad, lanzamientos de libros, un Festival de música en Buga y una entrevista que nadie le dio importancia, la de la señora Alicia, quien suplicaba a los medios de comunicación que le ayudaran a tener noticias sobre su hijo, secuestrado en el ataque guerrillero días antes.


Lo que comenzó como una entrevista corta y normal, se convirtió en una crónica sobre una madre desesperada tratando de encontrar razones para entender por qué su hijo estaba desaparecido, por qué nos teníamos que matar unos a los otros, por qué no hicieron nada los comandantes si ya sabían que los iban a atacar. Preguntas que después de 21 años, nos seguimos haciendo en este país de guerra sin olvido.


Tenía 23 años recién cumplidos y pocas cosas entendía del periodismo y de la vida hasta que me senté a escribir esa entrevista. Era un viernes, no estaba pasando mucho en la sala de redacción, mi jefe en ese momento, Jimmy, lastimosamente no recuerdo su apellido, moreno, de gafas y sonrisa sarcástica, acababa de llegar del sur del país de hacer una investigación sobre la crisis cocalera de la región, venía agotado y sucio después de una semana completa de entrevistas, le sugerí que se fuera a descansar y me dijo que no, iba a escribir el reportaje y mandarlo a Bogotá a la edición nacional esa misma noche. Se sentó en su computador, pidió un tinto y comenzó a escribir sin mirar siquiera sus notas ni escuchar sus entrevistas, no era necesario, las tenía en su cabeza, en su corazón, en su sangre de periodista.


Me impactó esa imagen, que describe para mi el oficio del periodismo y de escribir, entregarse completo a la historia, a sus fuentes, al hecho narrativo, sin tiempo ni espacio que valga. Me fui y regresé quince minutos después, me senté en el computador prestado por quince días que usé durante esa pequeña práctica y comencé a escribir la entrevista a doña Alicia. Pero las teclas del computador no escribieron una entrevista, ni una sola pregunta quedó en el texto, fue un cuento real de una madre suplicando por la vida de su hijo de 24 años. Una madre humilde y desesperada que me reclamaba rabiosa mientras se ahogaba en sus lágrimas, por qué el próximo presidente de Colombia, Andrés Pastrana Arango había dicho que la toma de la base de Miraflores donde cayó su hijo era la despedida al gobierno saliente, el de Ernesto Samper. No supe qué contestarle, no presté servicio militar y nunca había disparado un arma, y mucho menos había sentido el zumbido de la muerte que traen las metralletas y los cilindros de gas cuando te pasan al lado y te hacen olvidar que estás vivo.


No hice lo que me pidieron, una entrevista corta, dos párrafos tal vez y sin foto, sentí en mi corazón que debía escribir el reclamo de esa mamá que representa a las mamás de los muertos de este país, señoras humildes, que gritan paz desde hace muchos años pero nadie las escucha, porque en esta tierra nadie escucha a los que ponen los muertos.


Le mostré la crónica a mi jefe Jimmy sin apellido, me miró fijo y me recordó que era una entrevista pequeña, no respondí nada, le mostré la foto del hijo de la señora Alicia y me dijo: voy a enviar esto ya mismo a Bogotá, voy a pedir que lo publiquen en la edición nacional.

Unos días después, el viernes 7 de agosto de 1998, salió la crónica y con el título que le había puesto: “MI HIJO NO ES DESPEDIDA DE NADIE”, y salió completa, casi sin cambios editoriales. Esa tarde, dos periodistas de Bogotá llamaron a la sede de Cali del periódico preguntando por mí, querían saber quién era el periodista que había escrito esa crónica, me preguntaron por qué no habían escuchado de mi antes, la respuesta fue sencilla, porque sólo vine a hacer un reemplazo de quince días.


La señora Hernández me buscó unos días después pidiendo ayuda para poder comprar un pasaje de bus para Bogotá, iba a pararse al frente del Palacio de Nariño a exigirle al nuevo presidente que le devolvieran a su hijo sano y salvo, tal cual como ella se lo entregó a la patria. Hablé con las directivas de la sede del periódico en Cali pero no dieron respuesta alguna, así que saque un par de billetes que estoy seguro no le alcanzaron para el pasaje, y se los di. Nunca la volví a ver, ni volví a saber de su hijo.



Busqué varias veces al policía antinarcóticos de 24 años Luis Octavio Sarasti Hernández en las noticias pero nunca encontré su nombre, pensé que tal vez había muerto en cautiverio y probablemente doña Alicia estaría muerta en vida en algún lugar olvidado de este país sin memoria. Cuando comencé a escribir esta crónica periodística si es que se le puede llamar así, volví a investigar por el policía Sarasti y lo encontré, fue liberado a finales de junio del año 2001, dice una noticia de Radio Caracol.

Ojalá doña Alicia haya estado en su regreso.

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